
No hay oficina o negocio que se precie que no tenga sus majaretas y nosotros debemos de estar por encima de la media. Y eso que hice limpieza el verano pasado. La verdad es que hubiera querido haberla hecho más en profundidad pero es difícil echar a alguien cuando recibes de uno de ellos una muy amable carta indicándote que por favor le cambies la dirección de correspondencia, indicándote en la misiva que su nuevo domicilio es… la cárcel. Podríamos decir que este es el majareta perteneciente a la subclase “delincuente” que no tiene donde caerse muerto. Salvo cuando lo detienen.
Otro especimen es el majareta subclase “está como una auténtica regadera” que son aquellos que como Valentín nos dicen aquello de que les gustaría morir en pecado para ir al infierno para poder matar a Satanás con sus propias manos o como Paulo que dice que el rey de Marruecos le persigue porque le ha levantado la novia a su majestad. Y así podríamos seguir enumerando chiflados, chalados, locos y tarados.
Viene esto al caso a que hoy tenido que llamar a la policía porque la última de nuestra adquisiciones se atrincheró esta mañana en el cajero automático sin dejar que lo usara nadie más. Lo más grande es que la chusma de la oficina le tiene pánico a esta chiflada, que si bien yo la encuadraría en la subclase “en el planeta del que vengo no hay oxígeno” ella piensa que en cualquier momento se va a convertir en una especie de versión femenia de Jack Nicholson versión “El resplandor” y que va a ponerse a chillar y gritar (cosa que por cierto hace con gran eficacia) cuchillo en mano.
Y si no es normal lo de la muchacha tampoco es normal que se nos juntaran primero dos y después hasta seis policías para reducirla, entendiendo por reducirla dejárnosla en la oficina sentada en una silla sin ladrar. Y si he dicho seis. O las fuerzas de seguridad del estado estaban muy aburridas esta mañana o el día que demos de verdad la alarma anti-atraco directamente nos mandan a tres Divisiones del Ejercito de Tierra…

Y lo peor de todo es que yo no debería haber estado allí hoy. Yo debería haber estado a 500 kilometros. Los mismos a los que estaba Sasha cuando durante un breve instante escuché su voz por teléfono. Jack, por favor, quita los cuchillos de mi vista que yo sólo iba a escribir que hoy odio a alguien...